Ha pasado mucho tiempo, pero la vida es así, por muchas cosas que en ella ocurran nunca se para. Hay que aceptarla tal como es, con su marcha cotidiana, caprichosa, y ajena a los sentimientos. Hoy, me gustaría volver atrás en el tiempo. No para cambiar su transcurso, sino para recordarlo mejor.
Estoy en el puerto, es el atardecer, el principio del anochecer, cuando el sol empieza a esconderse por la montaña, jugando al escondite. Al día siguiente aparecerá por el mar, engañándonos a todos, que lo esperábamos por donde se fue.
Mientras, el mar se junta con el cielo, y se separa a la llegada del barco que navega por sus aguas, para darle paso, sin preguntarle si es grande o pequeño, feo o hermoso, rico o pobre. Ese mar que, cuando ve aparecer la Luna se viste de plata. Ese mar, que también sabe vestirse de negro para traernos la desgracia cuando se irrita. Ese mar, por el que un día pude haber navegado en busca de un sueño, que todavía hoy tengo y, aunque no se ha hecho realidad tengo fe de que un día lo será. Realidad que no veré, pero que lo será, como la realidad de hoy es el sueño y la fe de otros que ya no están.
El mar, en su ir y venir, ve como el tiempo se nos lleva la vida a base de decisiones que, continuamente debemos ir tomando, pero siempre hay una que nos marca el camino que llevara nuestra existencia.
El mar, quieto en su puerto, me hace llegar el recuerdo de aquel día en que pude haber navegado en busca de un sueño.
Era un tiempo en el que habían acabado revoluciones, guerras y, estábamos en lo que se ha llamado “La guerra fría”. En el país, mandaba una dictadura surgida de una guerra civil, provocada por un golpe de estado militar, y lo dirigía un caudillo, militar, al que esperábamos que no le quedara muchos años de vida.
La Revolución Cubana hacia un tiempo que había llegado a su fin, y uno de sus dirigentes más activos se veía capaz de llevar la Revolución por todo el mundo. No estaba dispuesto a mantenerse en la sombra como un político más. Creía y, tenía fe en la Revolución de los marginados, de los oprimidos y esclavizados ante un sistema social capitalista que se habría a pasos agigantados. Aquí en este país se le conocía como un guerrero sanguinario, marxista, comunista, ateo, que solo vivía para matar.
En aquella época, yo empezaba mi andadura en la lucha por las libertades. Acudía a charlas y escuelas sobre marxismo, y estudiaba las diferentes clases de revoluciones que se habían dado en el mundo, empezaba a estar comprometido en la causa de que, el país pasara, de ser una dictadura, a ser una República Democrática. La III República.
El mar, me lleva a aquella tarde en la que, en este mismo lugar, en el que ahora estoy, tome la decisión de no embarcar. Cierro los ojos y puedo notar hasta el frió que aquel día me helaba las sienes, y me hacia gotear la nariz.
Era el mes de Enero, el mismo en que, debía incorporarme a filas para cumplir con el Servicio Militar, cosa que tenía bien claro que no quería hacer. No estaba dispuesto a servir en un ejército que llevaba la represión a las gentes, no quería ser cómplice de tal cosa. Por lo que no me quedaba otra solución que salir del país. Cosa que no podía hacer legalmente, pues al pasar por la frontera hubiera sido detenido inmediatamente.
Pero se me presento la ocasión, no solo de salir del país, sino también de luchar por mis ideales la “Revolución Libertadora”
Del puerto, esa noche, la que ahora recuerdo, salía un barco carguero con destino, creo que era a un puerto de Chile, para desde allí pasar a Bolivia y enrolarme en la guerrilla boliviana en la que al frente estaba, parece ser que el demonio en persona. De este puerto teníamos que salir seis jóvenes con la ilusión de unos ideales como bandera, pero, sólo salieron cinco. Falto el que hoy está delante del mar viendo en el recuerdo la imagen de aquel día. Después supe que, aquel peligroso y sanguinario delincuente al que tenía que incorporarme en su guerrilla se llamaba Ernesto Guevara y le apodaban “Che”. Seguramente no habría llegado a tiempo de conocerlo, porque al poco, fue traicionado y asesinado. Hoy, cada vez que por algún motivo voy al puerto, digo para mis adentros “Gloria al Che y a su Revolución”
En el último instante dije no. No me embarco. Fue miedo, no, lo tenía mas a incorporarme al ejército del dictador; fue por mi familia que no sabía nada y que se hubieran enterado por carta de mi decisión de embarcarme; no, porque lo había madurado con mucho tiempo de antelación y estaba convencido de lo que iba hacer; ¿qué fue entonces? La respuesta está en un bolero, “por el amor de una mujer……”

