En un pueblo de alta montaña de esos que, el invierno es de un frió crudo y con nieve, y en el verano se tiene que dormir en la noche con mantas, paso una cosa muy curiosa e imposible de creer.
Por un extraño motivo, no se sabe cual, un buen día desaparecieron, como por arte de magia, todos sus habitantes, quedando las casas, en que moraban y los campos de labranza abandonados.
También quedaron abandonados los animales de granja, gallinas, cerdos, ovejas, vacas y cabras, así como los perros que ayudaban en la labor de pastoreo y que, también ejercían de guardianes contra el lobo, todos se las tuvieron que componer para buscarse el alimento por sus propios medios.
En el pueblo se criaba todo lo necesario para vivir, desde productos de la huerta hasta la carne, aceites, etc. Aunque la estrella era la viña, de sus cepas salían los mejores caldos que existian.
En medio de los viñedos habían edificado una ermita, dedicada a Santo Tomás, patrón de la viña. Esta, la viña, quedaba debajo de la ermita.
De lo alto de la ermita, pendía una enorme campana, el cura del pueblo la hacía sonar los días de precepto para llamar a misa, en caso de peligro y, en momentos especiales.
Los animales de la granja al verse en tal desamparo se refugiaron dentro de la ermita, y por riguroso turno iban haciendo tañer la campana sin parar, con la esperanza de que alguien la oyera y acudiera. Estaban seguros que, el que llegara, al encontrar el pueblo abandonado se haría cargo del cuidado del campo y de ellos.
Pasaban los días y allí no acudía nadie, ni siquiera los camiones cisternas que cargaban los vinos para su embotellado y venta. A los animales cada vez les parecía más extremadamente raro lo que estaba pasando. Pero, no se desanimaron y siguieron haciendo sonar la campana.
Al fin la perseverancia de los animales dio su fruto. Una nave venida de otro mundo, que estaba investigando lo que pasaba en el planeta Tierra, los oyó.
El caso era que el problema de las desapariciones no fue solamente en aquel pequeño pueblo de montaña, sino que, ocurrió en toda la superficie terrestre, afectando únicamente a los seres humanos.
La nave se poso delante de la ermita y al darse cuenta de la situación informo al alto mando. Inmediatamente se mandaron colonos para que se hicieran cargo de los animales y que prosiguieran con la labor de los campos.
Nunca se ha sabido lo que paso. Si se sabe con certeza que, hacía años que los terrestres tenían problemas de medio ambiente, y también de unos alocados dirigentes que no hacían nada más que amenazarse los unos a los otros con unos artilugios explosivos a los que llamaban bombas.
Hoy todavía podemos sentir el gong de la campana de la ermita de Santo Tomás que suena con aire de felicidad.
(Este cuento se explica en todas las escuelas de primaria. Siglo I de la nueva era)
El “primisimo”