Creo que una mayoría estaremos de acuerdo en que el “populismo” –al igual que el nacionalismo- es un medio antes que un fin políticamente hablando.
El populismo es un fenómeno que se ha venido utilizando desde tiempos pretéritos -República romana- para alcanzar el poder y cuya constante ha sido siempre posicionarse contra el sistema establecido. Haciendo una ruda simplificación; podemos decir que el populismo en primera instancia surge para ir a la “contra de” y luego pasa a definirse en “favor de”.
De sobra son conocidas las soflamas contra el imperio, la aristocracia, la burguesía, los extranjeros, etcétera que inmediatamente dan paso a panegíricos a favor del pueblo, la igualdad, la justicia, la paz, etcétera. Ideas tan universales como elementales que son proclamadas de la forma más simple y directa a un público que suele carecer de los bienes y servicios más básicos.
Con todo ello cerraríamos el círculo fundamental del populismo: Ofrecer un culpable de todo y unas sencillas soluciones para contrarrestarlo.
Toda la perplejidad que para una personal racional y con sus necesidades básicas cubiertas pueda causar el auge y expansión del populismo es precisamente lo que le hace fuerte. Su génesis es visceral y primitiva –no por ello improvisada- arraigando sobre el terreno abonado por los fallidos cadáveres de las opciones políticas más tradicionales.
Su florecimiento es directamente proporcional a los niveles de carestía que padece la sociedad implicada y al hartazgo y desesperación que ello conlleva.
El populismo no sólo promete cambios y mejoras –eso seria algo común al resto de discursos- sino que va más allá intentando otorgar un valor de “clase social” a todos los que se sienten discriminados y olvidados. Buscando la cohesión desde las carencias y tornando a los que han sido el problema en solución.
Dentro de su “praxis” cabría destacar su capacidad para arrogar y abrogar.
Arrogarse de cuanto crea necesario para acusar y deslegitimiar a quien crea oportuno exigiendo una objetividad y unas formas que incumple sistemáticamente.
Abrogar derechos o prácticas que pese a formar parte de su ideario pueden serle perjudicilaes para llevar a cabo sus propósitos.
Todo ello contribuye a generar un abigarrado concepto que puede mezclar elementos socialistas, nacionalistas o etnicistas con postulados de Maquiavelo, Marx o Bolivar.
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