-Mira nena-, le dice la abuela a su nieta, -aquí venia con mamá a jugar. El agua no llegaba a la acera como ahora, había mucha arena y mamá jugaba a pelota con el abuelito y hacíamos castillos de arena. Mamá siempre que solíamos venir llevaba un cubito y una pala.-
-Abuela, abuela, quiero un cubito y una pala, como la que tiene mama en la foto que me enseñaste una vez. Abuela, abuela, quiero un cubo y una pala. ¿Por qué lloras abuelita?-
La abuela no responde, tiene un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. Los recuerdos de treinta años atrás han llegado hasta su mente al pasear con su nieta por aquellos lugares que lo hiciera con su hija.
Por aquel tiempo, donde ahora todo es agua sucia, era una playa. El agua de mar besaba la arena con olas que venían y se iban. Unas veces más grandes, otras más pequeñas, otras veces irritadas irrumpían con fuerza, pero nunca eran las mismas. Hoy, el agua llega hasta la acera y a veces entra en los portales de las casas.
Había niños jugando a la pelota, los veo, pero no les distingo la cara.
-Nenes darme la pelota, que educación, no me hace santo caso, nenes- los niños que juegan a la pelota se van sin hacer caso de la abuela.
-Abuela, abuela que dices- le interrumpe su nieta
La abuela estaba inmersa en el tiempo pasado, porque allí ya no podía haber niños jugando a la pelota. A la playa se la trago el mar, quien sabe, a lo mejor también a los niños. Un escalofrió recorrió el cuerpo de la abuela, y cogiendo la mano de la nieta le dijo -nena marchémonos de aquí antes que el monstruo nos tragué-
Pero el monstruo, no solamente ya había tragado a la abuela y la nieta, sino que a toda la humanidad.
Todavía estamos a tiempo de que la abuela y la nieta jueguen en la arena de la playa. En nuestras manos está, huyamos del crecimiento económico que está siendo nuestra perdición. El bienestar no es tener cada día más, sino que es tener lo necesario.
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