El miedo de Ernesto

 

 

 

-Mañana es el día, dice Ernesto para sus adentros

 

-Mañana tengo que sufrir el tormento que cada año me horroriza

 

Me levantare como cada día, pero será diferente. Lo primero tendré que orinar en ese vaso que me han dado  que no tengo ni para empezar. Después hay que verterlo en un tubito de vidrio y taparlo bien para que no se derrame.

 

Más tarde iré, con mi tubito en el bolsillo y, sin desayunar, al ambulatorio en el que me sacaran sangre, y les entregare el tubito.

 

Mi sangre y mis orines los llevarán a un laboratorio y los analizaran.

 

La persona que los analice no me conoce, ni sabe si soy aprensivo o, si paso y tanto se me da todo. Tampoco sabe si soy creyente, o si por el contrario reniego de cualquier religión. Ni le importa si soy un delincuente, un asesino, o el cúmulo de bondad y buenas intenciones. Le es igual, el  analista o la analista cumple con su trabajo de analizar.

 

Cogerá pues el tubo de orines sin importarle quien ha orinado, si es hombre o mujer y como si de un juez se tratara dará su veredicto

 

-Enfermo,”cascado”-  o quizás piense, –a mejor vida

 

-Mientras tanto, en otra sección, puede que del mismo laboratorio, otro analista hará lo idéntico con mi sangre, seguramente pensando las mismas cosas o similares.

 

Un doctor, al que le corresponde atenderme, recibirá ambos informes y los dejara olvidados en una carpeta a la espera del día que, previa visita concertada, toque que me atienda.

 

Ese día, el programado, me sentare delante del doctor, este buscara en la carpeta el informe, se asegurara preguntándome mi nombre que el informe que tiene en sus manos es el que corresponde a mi persona y, lo leerá minuciosamente.

 

Después, me dirá, -todo está perfecto, puede estar tranquilo, el año próximo por estas fechas volveremos hacer otro análisis, por el momento todo bien.

 

-Le daré las gracias y nos despediremos.

 

Saldré a la calle y, aunque llueva a raudales, veré el disco del sol sonriéndome, caminare más erguido, insultante. Gozo de buena salud y eso lo es todo, y me despediré del miedo durante un año más.

 

También cabe otra posibilidad, la de que el doctor cuando mire el resultado del análisis diga, -bueno no es nada, pero tiene que cuidarse, le voy a recetar unos medicamentos que tendrá que tomar y si sigue mis indicaciones no tiene porque preocuparse, no tiene mayor importancia. Dentro de un mes vuelve a mi consulta, para que pueda comprobar como sigue y a los tres meses realizaremos otro análisis para saber si han quedado controladas una serie de cosas que aunque no son preocupantes se tienen que vigilar.

 

-Entonces al salir a la calle, aunque el sol este en todo su auge, radiante, en el cielo veré unos grises nubarrones, me encogeré, y caminare encorvado, mirando al suelo.

 

El miedo se convertirá en resignación y diré –ya me lo esperaba, en fin, es ley de vida.

 

Y la última posibilidad es que el doctor empiece a enviarme a especialistas que me hagan pruebas y más pruebas para acabar ante un sicólogo, o sicóloga, e incluso el mismo doctor, para decirme que me queda un año de vida.

 

En ese caso cuando salga de la consulta seguro que veré el día como este, si es radiante veré el sol, si está nublado distinguiré las nubes y si llueve sabré valorar la lluvia en todo su esplendor. Si ocurre este último supuesto no sentiré miedo.

 

La vida es un tren, que como el, se construye, se pone en la vía y, discurre por ella sin salirse, hasta que, lo retiran por deteriorado y que no funciona o, descarrila y queda hecho añicos. No hay más-

 

El pensamiento de Ernesto sigue dando vueltas y más vueltas a todos los supuestos del fin de sus días. Y siente miedo. Miedo a padecer, a quedar sufriendo durante días, quizás años sin ninguna esperanza. Es el sufrir lo que le horroriza, no el dejar está vida. Sabe que un día más cercano o más lejos tendrá que irse. Puede sentir rabia si ese día llega muy pronto, pero no miedo. El miedo lo siente al sufrir inútilmente.

 

Llegado el día si el final tiene que ser de espera dolorosa no lo quiere. Su deseo es acabar la estancia en la vida por su voluntad, diciendo no quiero estar más quiero irme.

 

-Tengo miedo- sigue pensando Ernesto, -a que cuando la ciencia me diga

 

–No va más, tu vida se ha acabado Ernesto

 

-Una serie de individuos bien pensantes me hablen del amor de Dios. Un Dios que nunca me ha sido presentado y en el que no creo. Otros me digan que son jueces encargados de aplicar justicia. Los jueces son como dioses, todo lo saben y son infalibles, les debemos obediencia ciega. Todos juntos unidos me digan resignación Ernesto y no me dejen despedirme del sol, las nubes y la lluvia con dignidad de ser humano. A eso tengo miedo.

 

-Sin darse cuenta Ernesto ha pasado del pensamiento, a estar hablando sólo, y alzando la voz se le oye decir, -¡Reclamo mi derecho a morir con dignidad y cuando quiera!

 

-Pero Ernesto no podrá ver cumplido su deseo porque, esos señores tan buenos, que no hacen nada más que velar por nuestro bien y, esos otros tan justos, tan derechos ellos y, tan de ley, se lo impedirán.

 

Eso si, esos señores que le privan de su libertad, están viviendo, muy opíparamente por cierto, su vida a costa del heraldo público al que Ernesto contribuye pagando impuestos del escaso sueldo que no le cubre ni las necesidades mínimas para una vida digna.

 

Y, Ernesto piensa con rabia y, a gritos, -¡viva la justicia y viva Dios, los secuaces que la implantan y, la madre que los parió que no saben hacer nada más que quitarme la libertad con que nací!

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