
Continuamente hablamos de Dios. La iglesia nos empuja con intensidad adorar el Dios del cielo que, salvo visionarios, nadie ha visto ni tocado, solo la fe hace que gentes crean en él.
“Dios no creo al hombre. El hombre creo a Dios a su imagen y semejanza por eso nos lo presentan así de cruel” (ICamin)
Esa es la verdad de las religiones. La imagen de un Dios hace que una parte de gentes, las que lo crean, tenga poder sobre la otra parte, las que lo admiten. Los primeros siempre son menos que los segundos. Puede que en el mundo esa haya sido la primera forma de poder y violencia. Ese es el Dios del cielo.
Aquí en la tierra también hemos tenido un Dios. El Dios de la tierra. Pero, a diferencia del otro, este ha tenido nombre, se ha llamado Vicente Ferrer, lo hemos podido ver y tocar. Y, a pesar de que hace poco, nada más un mes, que nos dejo, aquí en la tierra ha quedado su obra que continuara. Una obra que enseña, cura y quita de la miseria a las personas. Eso es un Dios. Se dejo ver, tocar y premio a las gentes dándoles vida, no con castigos divinos.
El Dios de la tierra nos ha dejado un legado, su obra, para que continuemos esparciéndola, no sólo en la India, sino por todo el mundo.
A pesar de la falta de humanidad que caracteriza a los hombres, estos le han dado reconocimientos y distinciones por eso en todas partes se sabe del trabajo que desempeño durante toda la vida.
Llego a la India como misionero de la Compañía de Jesús, la que abandono, o fue expulsado, para dedicarse a lo que de verdad creía y por lo que lucho en la guerra civil desde las líneas socialistas contra los golpistas fascistas, la libertad y la igualdad entre los seres humanos.
La Iglesia Católica no sólo fue incapaz de prestarle ayuda en vida para la empresa en que se había comprometido, sino que al final de sus días ni tan siquiera se ha pronunciado para reconocer la extraordinaria labor de ese no menos extraordinario hombre.
Sepan todos los fieles seguidores de la Iglesia Católica esos que cada semana acuden a los templos a escuchar la palabra de Dios que, es solo una patraña que llevan a cabo personas indeseables para la sociedad.
Dejar en el anonimato, como ha dejado la iglesia, al final de su vida aun hombre como Vicente Ferrer, que a de más fue creyente y, que llevo la creencia del cristianismo junto a su labor humana, es una canallada más de las tantas que ha cometido y comete la Iglesia Católica.
Vicente Ferrer ha sido el verdadero Dios. El Dios de la tierra.



