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El tío Paco de Ernesto, que era hermano de su madre, uno de ellos, ya que había dos más, le gustaba explicar historias de la mili. La mili, es como se le decía antiguamente al Servicio Militar Obligatorio. Todos los mozos del país, cuando llegaban a una determinada edad, tenían que acudir obligatoriamente al ejército para servir a la patria. Allí los hacían hombres, según entendía una parte de la sociedad de lo que era un hombre, que por cierto esa manera de pensar, hoy, todavía existe. La mili, por suerte no.
Una de esas historias que explicaba el tío Paco hacía referencia a un brigada. Brigada es la graduación más alta de la sub-oficialidad, después viene la de oficial, cuya primera graduación es la de teniente o alférez, esta última no se si actualmente existe, ya que es una graduación de complemento destinada a los que acudían a prestar el servicio siendo estudiantes universitarios.
Al tío Paco le gustaba regodearse en las narraciones de sus historias, -Es donde se puede ver la clase de individuos que dan su apoyo a la dictadura, ¡la escoria de la ciudadanía!- solía decir.
En la Agrupación, donde estaba encuadrada la Compañía en la que estaba destinado, había un Brigada, de esos que se denominaban chusqueros. Solían acudir al cuartel para cumplir con la obligación militar y ya no salían. Eran mozos que procedían de pueblos de la España profunda y que nunca habían salido de ellos, a no ser que fuera para ir al pueblo vecino. Por eso, cuando tenían la oportunidad de ver otros lugares se les habría un mundo nuevo, era como si estuvieran en El país de las maravillas, y puede que el cuartel fuera uno de los palacios de las Mil y una noche, con lo que, cuando llegaba el momento de licenciarse se quedaban como profesionales militares. Tenían ropa que ponerse, tres comidas diarias, casa y algún dinero para las borracheras. Para algunos, una bicoca.
Este Brigada, que nadie se explicaba como había podido llegar a esa graduación. Antes tenía que haber pasado por cabo primero, sargento y sargento primero, pero lo cierto es que ahí estaba. En el acuartelamiento le llamaba el Brigada lumbreras y es que como verán en la historia no era para menos.
El Brigada lumbreras, en su juventud no fue un mozo de estatura, apenas metro sesenta, si llegaba. En el momento de la historia, ya entrado en la cuarentena quizás se hubiera encogido algo, rechoncho todo él, y en el fondo buena persona. Pero la verdad es que le faltaba algo de luces, de ahí lo de lumbreras.
Un día cualquiera, laborable, a las dos de la tarde, el tío Paco salía contento de la oficina del acuartelamiento, ya que para el se había acabado la jornada de trabajo, si se le podía llamar trabajo lo que allí hacía, y acudía al comedor de la compañía para recibir el rancho. Al pasar por delante del almacén donde se guardaban los sacos de harina y azúcar, vio aun camión parado a medio descargar los sacos de harina que transportaba. Pensó lo más lógico, que estaban comiendo y después del rancho lo acabarían de descargar, los soldados que tenían el cometido del almacén. Sin más, pasó por delante camino de su parte de rancho.
Pero, mira por donde, de detrás del camión con paso arduo y veloz, ¡zas!, salto el Brigada lumbreras
-A sus órdenes mi brigada, saludo efusivamente el tío Paco sin aminorar la marcha
-Cabo, cabo, ¡que venga para aquí, coño! chillo el brigada.
Ante la insistencia no tuvo más remedio que parar y acudir al encuentro del vociferarte.
-A sus órdenes mi brigada, volvió a saludar el cabo Paco
-Está sordo cabo, increpo el brigada
-Disculpe mi brigada no le había oído
-No me habías oído, te voy a meter un paquete, veras como otra vez me oyes.
El brigada ahora ya estaba mal humorado
-Venga espabila, hay que descargar el camión
El tío Paco no podía creer lo que le estaba diciendo, quedo atónito, o mejor atontado
-¡Que espabile cabo! volvió a increpar el brigada lumbreras
-Mi brigada, es que tengo que ir a comer que cerraran el comedor
-Haber ido antes
-Estaba prestando servicio en la oficina de la brigada
-Y a mí que me dices
-Además como puede ver usted voy de bonito y me manchare el uniforme
-¡A trabajar he dicho coño, ya! espeto el brigada
El tío Paco seguía insistiendo
-No puedo mi brigada, no puedo, al mismo tiempo que hacía la inercia para marchar del lugar
-¡Cabo, me cago en la leche! a que unidad pertenece
-A la Compañía del Cuartel General
-Le voy a meter un paquete, a descargar
Total que después del rifirrafe, al tío Paco no le quedo más remedio que obedecer la orden.
Se subió al camión, arrastro como pudo un saco de harina, de cien kilos, hacía el borde de la caja, y ya abajo se lo cargo a la espalda llevándolo adentro del almacén.
Al entrar en la nave con el saco a la espalda, lo que vio no se lo podía creer. La nave estaba toda cubierta de sacos de harina que habían sido depositados allí de cualquier manera. Mejor dicho, tirados, literalmente tirados.
Al fondo de la nave, le apareció ante los ojos un ventanal de unos dos metros de ancho por uno de largo, abierto de par en par, con una altura del suelo de no más de un metro.
Al tío Paco se le encendió de golpe la bombilla de las ideas, dejo caer el saco de harina que llevaba en las costillas y, brincando por encima de los otros sacos, salto por la ventana a la calle, echando a correr camino del rancho.
Junto al camión se quedo el Brigada lumbreras a la espera de otro incauto, como la araña espera que la mosca caiga en la telaraña que acaba de tejer.
Ahora nos tomamos a risa la historia de la mili del tío Paco de Ernesto pero, esa es la España que, poco a poco, parece que vamos dejando atrás.