
Ese día Ernesto estaba afligido, desolado. No encontraba palabras para consolarse. Un amigo y compañero de trabajo había fallecido durante la noche de un fulminante ataque al corazón. Su amigo se durmió como siempre, sólo que esta vez no despertó.
Ernesto pensaba en su amigo, recordando las conversaciones que solían mantener durante la comida del mediodía que hacían juntos, en medio de la jornada laboral. Conversaciones que, por el grado de amistad al que habían llegado, se convirtieron en confesiones íntimas.
Luis, como se llamaba el amigo de Ernesto, era una persona con cordura, con “seny” como decimos en Catalunya. Ernesto sabía de su vida. La conocía al dedillo. Luis jamás daba un paso en falso, siempre pisaba con los pies en el suelo.
-¿Cómo puede ser que se haya ido de esa manera? Por lo menos no ha padecido, pero tampoco se ha podido despedir de sus seres queridos- decía Ernesto.
Ernesto recordaba la vida de Luis que, en momentos de intimidad le había contado.
De pequeño estudio en un colegio de pago, en los jesuitas. Allí se formo en el espíritu nacional, y en la creencia a Dios. Hizo la primera comunión y no faltaba a tomarla los primeros viernes de mes porque conseguía, no se que jubileo.
Ya fuera del colegio, hizo oposiciones y entro a trabajar en un banco como botones, el mismo que hasta ayer lo tuvo en su nomina.
Más tarde le llego la hora del Servicio Militar, y fiel a su seny que había mantenido desde la escuela, se presento presto a cumplir con el deber de “Todo por la Patria”. Ni por un momento le paso por la cabeza hacerse objetor de conciencia, cosa muy en boga en aquellos momentos. No concebía el revelarse contra la autoridad.
Una vez cumplido con el deber militar y, ya licenciado, Luis se busco novia. Una chica formal, modosita ella, también como él hija única. La chica acababa de prestar el Servicio Social, que por entonces era voluntario, por lo que había aprendido a cocinar, coser, a las labores propias de su sexo. Lo que le sirvió para cuando se casaron. Ella trabajaba en una oficina de recepcionista y dejo su puesto laboral después de la boda para, como buena mujercita, cuidar de su casa y su familia.
Con todo, antes no llego el día de la boda pasaron siete años desde que se prometieron, con anillo y todo. En aquellos momentos no era fácil juntar el dinero necesario para pagar las “letras” de un piso, endeudarse en amueblarlo y, además estaba la comida nupcial con todos los invitados y, el viaje de novios.
A pesar de todo, Luis siguió siendo un hombre con mucho seny. Los dos, él y la novia llegaron vírgenes al matrimonio.
Durante toda la vida la pareja se supo administrar muy bien. Programaron la llegada al mundo de su única hijita, los ingresos familiares, que nada más eran los del cabeza de familia, no daba para más hijos. Y, es que también tenían que contar con la adquisición del coche y como no la casita fuera de la ciudad, la segunda residencia para pasar los fines de semana y las vacaciones.
A la pareja, les hubiera gustado alguna vez marchar de vacaciones a otros lugares del mundo, o sin llegar a tanto de Europa o, sólo de España, que pensaban que debían ser muy bonitos, pero como su economía no se lo permitía, lo más lejos que se desplazaban era a un pueblo de Málaga cuna de los padres de la mujer de Luis y, a otro de la provincia de Tortosa, de donde era el padre del amigo de Ernesto y los abuelos paternos, que se dedicaban a las labores del campo.
A pesar de que se ganaba bien la vida, el seny del amigo de Ernesto no le permitía según que gastos, pues entre pagar la “letra” del piso, la de la casita fuera de la ciudad, el coche y los cuidados que la niña de sus ojos le ocasionaba, nada más de tanto en tanto, la pareja podía apartar una pequeña cantidad de dinero para asistir a la proyección de una película. ¿El teatro?, ni pensarlo, el precio de la taquilla le era prohibitivo, ya no digo asistir a conciertos, opera, actos deportivos, etc. No se lo podían permitir, porque Luis, tenía mucho seny y donde no se llegaba, pues no se llegaba. Aunque durante su vida había ido progresando, laboral, social y económicamente, aun así la nomina no daba para mucho y, además había algunas cosas a las que no debía renunciar ya que eran estatus de su seny.
Cuando tenía que cumplir con su derecho en las urnas, acudía presto a primera hora, llevando del brazo a su señora. Los dos acudían al colegio electoral a cumplir, lo que el amigo de Ernesto llamaba obligación ciudadana y, es que Luis tenía mucho seny.
El amigo de Ernesto tenía tanto seny, pero tanto, tanto seny, que durante la larga dictadura que le oprimió la mejor parte de su vida, jamás estuvo en la lucha por defender su libertad, ni estuvo en una manifestación para pedir democracia, y es que el amigo de Ernesto fue un señor con mucho seny y, jamás se metió ni en líos, ni en follones.
Eso si, Luis se sentía ahora orgullo de poder votar, de escuchar los debates televisados de líderes políticos, de ver como los sindicatos luchaban por sus derechos, pero él, no se metía en líos. Faltaría más, Luis era un señor con mucho seny. Para meterse en líos ya estaban otros que no tenían, ni seny, ni beneficio.
Antes de morir, el amigo de Ernesto pudo gozar de libertad y de democracia, pudo acudir a las urnas para depositar su voto como un ciudadano libre. Todo gracias a que en este país no todas las gentes tienen el seny que en vida tuvo el amigo de Ernesto.
En paz descanse Luis el amigo de Ernesto.