Acabo de aterrizar en Atenas–Verizelos. Aeropuerto totalmente remozado a raíz de los juegos olímpicos del 2004. Ha sido un vuelo “light”: Sin problemas, sin películas y sin catering -estos de Vueling se estiran menos que un chicle de madera- y eso que había cuatro auxiliares a bordo –niño pera incluido- cuya trabajo a consistido en saludar, informar que hacer en caso de un accidente necesariamente mortal y despedirse.
-Nota mental para mi diario: Mirar convocatorias de Vueling.
Como el ferry hacía Paros no sale hasta dentro de cuatro horas, he iniciado mis contactos con la cultura local. De momento llevo dos chupitos de Ouzo y un vasito de Retsina y todo me hace pensar en una rápida y satisfactoria integración.
Estoy escribiendo estas líneas desde el puerto del Pireo. La queda fría y brumosa me sumerge en la noche de los tiempos. En el “muro de madera” que el oráculo de Delfos inspiró para detener el avance persa. En el trajín que supuso construir una flota de trirremes desde la nada. Casi puedo visualizar al preclaro Temístocles impartiendo órdenes “¡¡A Corinto no, a Salamina, a Salamina!! El batir de los remos, los espolones penetrando las naves, el crujir de maderas y huesos, las curvas espadas griegas abriéndose paso por la carne persa ¡¡Más volumen en el Mp3!! ¡¡Hail and kill, Living in a victory!!¡¡Otra copa de Ouzo joder!! ¡¡Mierda de camarero pro-persa!! ¡¡Quienes son esos de uniforme!! ¡¡A mí los mirmidones!!.
La policía ateniense es realmente comprensiva. Tras bajar de la mesa del bar y una pequeña disculpa “mi batalla de Salamina” finalizó a tiempo de poder embarcar.

