Un día de suerte

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Poesias de Ernesto17.1

Se suele decir que la suerte va por barrios, también que es de quien la busca y si quieres tener suerte en la lotería al menos compra un número. Sebastián, aquel día cuando despertó no se imaginaba que iba a ser la fecha que le encaminaría su destino en la vida. Para bien o para mal, la suerte estaba echada.

Sebastián era de un pueblecito de la Castilla profunda de principios del siglo pasado. Vivía con su padre en una cueva, de las de entonces, ahora una cueva es otra cosa. No conoció a su madre que murió al darle la vida. Su hermano, mayor que él, había emigrado a Francia, donde ya casado trabajaba y se ganaba la vida. Sebastián debía esperar cumplir el servicio militar para irse junto al hermano. Lo había hablado con él antes de que este se marchara del pueblo. Incluso proyectaron que una vez Sebastián llegara a Francia, procurarían convencer al padre para que se viniera con ellos. Empezarían los tres juntos una nueva vida, lejos de una patria que no cuenta con los ciudadanos que viven de su trabajo.

Aquella mañana Sebastián no acudiría al campo con su padre. Marchaba a la capital de la provincia con los mozos del pueblo para seguir el sorteo del destino adonde irían hacer el servicio militar. Cada año la Alcaldía ponía a disposición de los futuros quintos un autobús gratis para el desplazamiento. La Caja de Reclutas, donde se llevaba a cabo el sorteo, estaba a tope, Sebastián pensó que igual que cada año.

17.2Un oficial del ejército desde una tarima pidió silencio, cuando logro imponerlo, que no fue tarea fácil, empezó a notificar los resultados. Lloros y alegrías se esparcieron por la sala. A unos les tocaba ir a Madrid, Catalunya, saltos de contento, a otros al África, desconsuelo. Sebastián no se lo podía creer lo suyo era de satisfacción y regodeo, había salido excedente de cupo. Aquello representaba no hacer “la mili”, -servicio militar obligatorio- y no tener que esperar tres años –el tiempo de duración- para emigrar a Francia. Era libre.

De vuelta al pueblo, en el autobús que hacía el regreso, los mozos comentaban los destinos, con tristeza y entusiasmo, según les había ido en el sorteo. Sebastián era el único, de todo el pueblo, que había tenido la suerte de ser excedente de cupo. Al hijo del Alcalde le había salido marchar a Ifni (África), por entonces provincia española. Que se joda, pensaba Sebastián todo ufano, yo me voy a Francia.

Por la noche, el muchacho y su padre, en vez de cenar, lo que era habitual no hacer, no por nada, sino porque no tenían con que preparar la cena, hablaron mucho sobre el tema. De la suerte de ser excedente, y de cómo llevar a cabo el viaje para emigrar a Francia.

La alegría del principio comenzaba a quedar en frustración. No había dinero para viajar. Ni nada que vender discurría para sí Sebastián.

-Ahora no te preocupes- le dijo el padre.

-Mañana iré a la Alcaldía para que Don Leopoldo escriba unas letras al Antonio explicándole el caso de tu suerte para ver si nos puede ayudar-

Ni el padre, ni los dos hijos sabían de letras, como entonces se decía. Vaya que no sabían ni leer, ni escribir.

-A esto le llaman Patria, padre, que tenemos que ir a un extraño para poder cartearnos con mi hermano y usted con su hijo. ¡Dígame padre, esto es la patria! Entonces para que queremos una patria. Ni el Sol, ni el viento, ni la lluvia, tienen patria y nos dominan con su fuerza. ¡Padre yo, ahora, tengo fuerza y me iré! Aunque sea a pie.

Al día siguiente, antes de acudir al campo, mientras Sebastián y el padre desayunaban la malta con sopas de pan, como cada mañana, recibieron por sorpresa la visita del Alcalde y su hijo. Don Anselmo, que así se llamaba el alcalde le ofreció una suma interesante de dinero para comprar el derecho de excedente de cupo a Sebastián. Esta práctica era habitual en la época, y era legal. Los hijos de la gente con posibles nunca cumplían con la patria. Siempre eran los mismos los que acudían a cumplir con el deber militar, los que su única renta era el trabajo.

-Ve, padre como tengo razón, en este país, solo viven los terratenientes y los curas y, usted y yo no somos nada de eso.

-Acepto- dijo el mozo.

-Espera, Sebastián, piénsalo y mañana das la respuesta al señor alcalde.

Ante la posibilidad que el padre convenciera a Sebastián, el alcalde subió la oferta si se decidían en aquel mismo momento. Sebastián la acepto.

A la mañana siguiente a la hora de desayunar el tazón de malta con sopas de pan, Sebastián apareció ante su padre con el petate apunto para viajar.

-¿Qué vas hacer hijo?- pregunto el padre

17.3

-Lo que he de hacer padre, marcharme. En cuanto llegue y trabaje, el primer dinero que gane será para enviárselo a usted y que venga a estar con quien tiene que estar, con sus hijos.

-Sebastián, has vendido tus derechos, debes cumplir con la “mili”, te declararan prófugo- advirtió el padre.

-No padre, eso sería si tuviera una patria y no cumpliera con ella. La patria es como una buena madre. Mi madre dio su vida por mí, para que yo viviera, y la patria me está quitando la vida. Por lo que no la reconozco como mi patria.

-Ayer tarde cuando fui a la alcaldía a cerrar el trato que hicimos por la mañana con el señor alcalde, me encontré con Don Leopoldo, y hablamos. Me regalo este pasaporte falso a nombre de mi hermano y con el pasaré la frontera. Don Leopoldo sabía que el alcalde había venido a comprarme el excedente de cupo para librar a su hijo del deber militar y me tenía preparado el pasaporte porque sabía que vendría a pedírselo. No quiso cobrarme, es una buena persona.
Padre, antes de que los militares me vengan a buscar, usted ya estará con sus hijos en Francia.

Padre e hijo se fundieron en un abrazo de besos y Sebastián marchó sin mirar atrás para no arrepentirse. El padre quedo mirándolo hasta que desapareció de su vista.

A si dice que sucedió quien me contó esta historia, que fue el mismo Sebastián. Y me contó más, mucho más, que en otro momento explicare.
Eduard
Derechos de autor.

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