Al despertar una mañana (relato corto)

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Poesias de Ernesto

Una mañana se levanto y al mirarse en el espejo para afeitarse se vio algo extraño. Su cara no era la misma que ayer, ni antes de ayer, era otra. No se reconocía a si mismo. No encontraba a Paquito, el niño que cada mañana su madre le tenía que llamar varias veces a la hora de despertarse para que se levantara. Después, cuando se sentaba a la mesa para dar buena cuenta del desayuno que mamá le había preparado esta le cubría de besos diciéndole ¡Te voy a comer! Y el le contestaba ¡Mamá que pesada eres, para ya!

14.1

Tampoco veía al joven que practicaba deporte por los campos de fútbol de los campeonatos escolares. Ni aquel que un día aprobó el examen de entrada a la universidad donde estudio económicas. Ni aquel otro que obtuvo una cátedra en la misma universidad que estudio. Ni siquiera aquel que se caso enamorado, y que era un buen esposo y un buen padre.

El tiempo le había pasado por delante del espejo donde cada mañana al afeitarse se veía sin mirarse y no se había dado cuenta. Ahora, mamá ya no esta y se tiene que despertar con el sonido de uno de esos artilugios que sirven para todo y, tampoco sabe que quiere decir con todo. El desayuno se lo siguen preparando, pero a la orden de la esposa y no es mamá quien lo dispone, es una señora que cada mañana entra en la casa y no se lo como a besos como hacía la madre. Ya no le llaman Paquito, ahora le dicen, Don Francisco.

Don Francisco, había tenido éxito en la vida, como dice la canción, tiene, dinero, amor, y sino lo compra, y salud, esta última algo tocada, pero nada grave, y había llegado incluso a ser Ministro de su país.

Se seguía mirando en el espejo, ¡espejo maldito! le grito, has llenado mi rostro de surcos que se asemejan a ríos que bajan de las montañas, y esconden mis facciones entre arrugas de la piel. Esta no es mi cara, la que siempre había visto, la de Paquito. Tenía razón, la faz que estaba mirando la llamaban Don Francisco.

14.2Al no reconocerse como Paquito dio un fuerte puñetazo al espejo que lo delataba. Este cayo roto en múltiples pedazos ocasionando un estrepitoso ruido que despertó a la esposa que aun dormitaba en la cama y levantándose acudió al cuarto de baño, golpeo la puerta y pregunto ¿Cariño, te encuentras bien? No pasa nada, se ha roto el espejo, ahora salgo.

Los trozos caídos eran, cada uno de ellos, un nuevo espejo donde Don Francisco veía cada paso de la trayectoria de su vida. Observaba en ellos los tiempos felices, pero también los agrios, aquellos que ahora querría que no hubieran ocurrido.

Todo empezó cuando el rector de la parroquia donde acudía cada domingo a misa con la esposa y los dos hijos, con el cual tenían una cierta amistad, les invito, a él y su esposa, a una cena de gala que celebró el presidente de la nación en su residencia palaciega. Allí le presentaron al Presidente, al cual le causo buena impresión el entonces profesor universitario. Pasado un tiempo el mandatario le ofreció un puesto de ministro. Encandilado por lo que representaba para su carrera personal, era entrar en un rol social en que Don Francisco no había soñado, acepto el cargo.

Como ministro formó parte de los poderes del estado, los cuales por cierto por aquel entonces no simbolizaban la democracia. Tuvo que formar parte y asumir acciones dañinas para la población, alguna de las cuales costaron la vida a ciudadanos que luchaban por la democracia. Mientras esos hechos ocurrían el patrimonio particular de Don Francisco se incrementaba considerablemente. Al mismo tiempo la estima social en su entorno subía con la admiración de los clásicos aduladores.

Don Francisco se vuelve a mirar en el espejo, pero este no esta, él lo ha roto, como hizo con las vidas de unos trabajadores que, con sus decisiones las rompió. Los tiempos cambien, y en estos, el poder está en manos de la ciudadanía democrática que ahora decide pasar cuenta de hechos anteriores que llevaron el sufrimiento a las gentes del país.

Don Francisco se viste en la alcoba, la señora del servicio domestico llama a la puerta de la habitación

-Don Francisco, hay dos señores que dicen que son policías y que vienen a recogerlo para acompañarlo.

-Diles que ya voy Felisa.

-Se va usted de viaje Don Francisco.

-No Felisa, voy a la cárcel. Que es donde debo estar.

14.3

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