Volvemos a los 60

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Café de Ernesto-Buenos días.

-Buenos días señor Ernesto. Café.

-Gracias.

Parece que el soufflé empieza a desinflarse. Cada día se habla menos de la crisis, de la falta de trabajo, de la dichosa prima de riesgo, de los recortes, de la corrupción, etc., etc., incluso de Podemos.

10.1

Ahora, llegan las entrañables fiestas navideñas, la liga de fútbol y el decir, todos son iguales, ya se sabe, pues a mí no me quitarán la ilusión. Esto cada día se parece más a los años 60, donde muchos comían poco, otros nada y pocos se atiborraban hasta reventar.

Casi nada se de la década de los cincuenta, solo lo que me han contado, pero la de los sesenta la recuerdo perfectamente, la he vivido en todo su apogeo. Por aquel entonces comíamos a base de fútbol, rivalidad Barça-Madrid, polémica arbitral, más fútbol, y trabajar de 12 a 24 horas, más de la mitad en negro. Se podría decir que éramos, el trabajador que convertía el dinero del patrón en blanco. Es lo que volvemos a ser.

Abusando de la amabilidad de todos los que generosamente me leéis, voy a contar una historia de principio de los sesenta del pasado siglo.

El muchacho adolescente, con catorce años a su espalda, había finalizado los estudios primarios, ahora tocaba trabajar y seguir estudiando en clase nocturna. Ir poco a poco, haciéndose un hombre, ayudando a la familia a tirar palante, después cuando le llegará la hora de ir a la mili, acabarían de hacerlo un hombre de verdad.

No es del muchacho precisamente de lo que va la memoria. El trabajo que encuentra el chico es en una bollería, donde se hacen, o hacían, las pastas que por la mañana se consumían en bares y lecherías. El trabajo era nocturno. Salía de la clase de tarde en la escuela a las nueve de la noche y a las 10, hasta las 8 de la mañana siguiente, trabajaba por un buen salario, 250 pesetas a la semana. Igualaba al salario del padre cabeza de familia con dos hijos más y era superior al de la madre que se dedicaba a lavar ropa en lavaderos públicos. No pierdan el hilo, estoy hablando de la vida en una gran ciudad, como Barcelona, años 60, cuando la guerra civil hacía más de veinte años que llegó a su fin y la segunda guerra mundial, que no nos había tocado, ya hacía catorce años que también era finalizada, y en los hogares europeos desde hacía algún tiempo ya gozaban de lavadoras automáticas.

Hasta aquí, en este momento y en este país, no volvemos a estar. Pero si en lo que cuento a continuación.

10.3

El trabajador llamado el pale, que era quien cocía las pastas, metiéndolas y sacándolas del horno, una persona de más de 60 años de un pueblecito cercano a la ciudad Condal apenas 30 km., estaba en su puesto de trabajo desde las seis de la tarde y hasta las 12 del mediodía siguiente. Dormía entre sacos en un hueco encima del horno, e iba una vez a la semana a su casa. Tenía que dar las gracias al patrón, que de verdad era una gran persona, por que le ayudaba dándole trabajo y no denunciándolo, era rojo.

Otro de los trabajadores, este joven enamorado, entre 24 ó 26 años, trabajaba en una fábrica textil, donde por cierto también lo hacía su novia, de 6 de la mañana a 2. A las 8 de la tarde entraba en la bollería hasta las 5 de la mañana siguiente. A las 6 vuelta a empezar. Estaban él y la novia ahorrando para poderse casar. Ya saben, dar la entrada para un piso de alquiler, comprarse los muebles, etc., y cada uno de ellos ayudar a los padres en casa.

Los trabajadores eran afortunados, tenían trabajo.

Pues bien, ahora quiten ustedes algunos detalles propios de aquella época y verán como en lo referente al empleo y remuneración, dentro de cinco años o a lo mejor ya está ocurriendo, las circunstancias son calcadas a las que acabo de relatar de los años 60 del pasado siglo.

Cuantos jóvenes no están ayudando con su trabajo en negro a mantener la carga familiar de los padres a los que se suman la pensión de los abuelos.

¡Vergüenza!

-Hasta mañana.

-Hasta mañana señor Ernesto.

Me pongo la boina y me voy del café.

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