El último día de Pompeya

by

poesias-de-ernesto

youtube

video realizado por Armando Rufas Aparicio =rufas38

Agosto del año 79. Hacía escaso un año que el emperador Tito reinaba. Arbaces y Julia, dos jóvenes enamorados, en la tarde calurosa de aquel estío gozaban de su amor en un vergel, escondidos entre flores y a la sombra de árboles frutales, ligeros de vestido que les incomodara.

Por la mañana, se habían bañado en las aguas del Mar Tirreno. Julia le había comentado a Arbaces que las aguas de Neptuno estaban más calladas que de costumbre. -Tienes razón- le había respondido su amado- y también Corus no resopla como es habitual en él. Así, en las tranquilas aguas la joven pareja se habían bañaban sin pudor dejando que sus cuerpos, entre juegos, se excitaran con fricciones que se convertían en caricias.

Sentados a la orilla del mar, mientras las aguas les cubrían hasta las rodillas, miraron en dirección a la isla di Capri. Hacían planes para el próximo verano, lo pasarían, ya juntos, en la bella isla, la cual incluso querían observarla para instalarse en ella permanentemente. El muchacho el próximo año esperaba recibir el permiso de los maestros por sus estudios de construcción y creía tener su futuro en la bella isla que, por aquel entonces comenzaba a poblarse.

Después de jugar y bañarse en las aguas del Tirreno, comieron, y bebieron del vino de Pompeya, más tarde desaparecieron de la vista de los transeúntes al lugar conocido como vergel del amor. Donde después de hacer honor al nombre del lugar descansaban mientras oían el murmullo de las gentes que acudían al Anfiteatro para asistir a la lucha de dos reos con los leones. Si los condenados ganaban a su león, quedarían libres, en caso contrario morirían bajo las feroces garras de la fiera.

Mientras el sol caía en la tarde Arbaces entono un canto que había compuesto para su Julia

Los Genios alados
En día festivo
Jugaban gozosos
A juegos de niños.
Brincaban, saltaban, corrían con brío,
Chillaban, reían
¡Ay Lesbia adorada,
Quien fuera chiquillo!

Tomó por esposa
El rey elegido
A cierta paloma
Más blanca que armiño,
¡qué holgorio, qué fiestas
Qué bromas que gritos,
Qué cantos de amores,
¡Qué triunfos, qué himnos!
¡Ay Lesbia, que trono
Te diera, bien mío!

Creían los Genios
Cumplido el designio,
Mas fueron esclavos
Al instante mismo,
Que al verse ensalzada
Sobre el trono altivo
La mansa paloma
Trocase en un grifo.
Ay Lesbia, ¿me arañas
Si me uno contigo?

(poema extraído del libro Los últimos días de Pompeya escrito por Eduardo Bulwer Lyton – Editorial Lorenzana 1965)

Julia emocionada respondió: -¡Oh! Rey mío, si osas desposarme, te juro que por siempre seré tu mansa paloma.

Mientras la pareja continuaban jurándose amor eterno el mormullo proveniente de Anfiteatro se había transformado en griterío. Señal que la lucha del hombre con la fiera estaba en su pleno apogeo, aunque los amantes no lo percibieran.

De pronto un fuerte estruendo sonó en la ciudad, se hizo el silencio en toda Pompeya, y la gente, de inmediato, miro hacía la montaña. Del centro de ella, una columna negra subía hacía el cielo, recta sin desviarse, como una columna de las que Arbaces pensaba construir. El miedo se apodero hasta de los leones del Anfiteatro. El cielo se oscureció, el Vesubio, se había vuelto a despertar. El suelo temblaba bajo los pies, los edificios se derrumbaban, la gente empezaba a correr en todas direcciones, el caos se apodero de Pompeya.

Arbaces cogió de la mano a Julia y tirando de ella le grito, -Corramos marchemos a Capri, antes de que sea tarde.

Julia se dejo llevar y escapando entre ruinas de edificios que caían, oyeron como otro estruendo aún más fuerte volvió sonar en la montaña, y ahora era una columna de fuego la que subía desde la boca del volcán. Al caer se convertía en lava, e igual que la corriente de un río se desplazaba monte abajo abrazando a la ciudad y destruyendo lo que encontraba a su paso. Era una pinza camino del mar.

Arbaces y Julia, corrían y corrían. De tanto en tanto miran hacía atrás, ambos sabían que lo que estaban dejando nunca más lo volverían a encontrar. Allí quedaban los padres y hermanos junto a más familia y jamás, muy probablemente, sabrían de ellos. Pensaban que el centro de Pompeya estaría ya inundado de lava y los cuerpos de las gentes alcanzados por el fluido petrificados. Inmortalizados para la posteridad como piedra.

La pareja había llegado al Monte Faito y viéndose a salvo dejaron de correr. Miraron hacia el Vesubio pero antes de que la vista se posara en el volcán pudieron observar como líneas rojas de fuego se juntaban entre si formando un lago de brasas.

Los enamorados pasaron la noche en el bosque del monte donde habían llegado, para a la mañana siguiente continuar hacia la punta de Sorrento donde podrían encontrar alguna embarcación que les transportara a la isla di Capri. A Arbaces no le preocupaba el haber salido de Pompeya sin montante económico sabía que podría obtener ayuda de un tío hermano de su madre, así como de sus primos, que vivían en Sorrento.

Al amanecer, los temblores de la tierra habían cesado, el sol brillaba con fuerza, el viento estaba calmado. Al despertar vieron, gente como ellos, que habían logrado escapar de la furia del Vesubio, miraban a lo que había sido Pompeya. El paisaje blanco de sus casas que tan sólo el día antes se veía desde el Monte Faito, ahora era una mancha de color gris piedra.

Las gentes se miraban unos a otros, y empezaban a bajar de la montaña al llano de Pompeya con la certidumbre de no encontrar vida, ni humana ni animal, únicamente los pájaros y las gaviotas podían haberse salvado. Todos llevaban la fuerza para volver a levantar una nueva Pompeya.

Los enamorados del último día de Pompeya se miraron a los ojos y sin hablarse se unieron las manos y dando la espalda a la isla di Capri fueron con la multitud que volvía para reconstruir la ciudad devastada. Arbaces tenía la obligación de colaborar en la reconstrucción de su ciudad ya que era maestro constructor. ¿A caso el médico abandona a los heridos de la batalla?

Al llegar a donde había sido una urbe el espectáculo era horroroso. Personas chafadas por piedras que les habían caído encima parecían una obra de arte, la escultura de un artista. Otras estaban abrazadas, gente corriendo escapando del río que les alcazaba. Madres con su niño en brazos huyendo. Un escenario dantesco. Todos estatuas de piedra.

Eduard
derechos de autor
marzo de 2015

(Este relato no tiene fidelidad histórica, ni su autor en ningún momento lo ha pretendido, es sólo un relato que pudo haber ocurrido ¿por qué no?)

Anuncios

Etiquetas: , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: