
Sentado ante mi mesa de estudio, miro con fijeza uno de esos calendarios electrónicos que tengo sobre ella. Esos que son, calendario, reloj despertador con alarma incorporada, que avisa una vez programada, para que no nos olvidemos de alguna cita en la que es necesaria la puntualidad y, también tiene calculadora.
Observo paso a paso como corren los segundos. Cada uno de ellos pasa delante de mi vista llevándose un suspiro de mi vida o, quizás habiéndome dado un segundo más de ella. Sea lo que fuera, lo único cierto es que los segundos pasan y nos llevan a los minutos, y estos a las horas y, a su vez a los días, semanas, meses, años. Así el mundo va dando vueltas y más vueltas.
Ensimismado como estaba expectante ante el transcurrir del tiempo, me asome a la ventana de mi estudio y mire hacia el cielo. Lo hice sin pensar, ya que el sol lucia con todo su esplendor. No era para ver si el tiempo amenazaba lluvia, no tenía lógica. No se porque lo hice.
Lo que paso es que, en ese momento una especie de estela blanca apareció en el techo azul que tenía sobre mi cabeza
-Debe ser un avión perteneciente a las fuerzas armadas del aire, pensé.
Pero no lo era. Tal como mi vista seguía la estela, esta se iba volviendo amarillenta y en círculos, ya que el objeto volador avanzaba dando vueltas sobre si mismo al tiempo que describía otro círculo ovalado más amplio lo que le hacía ir y venir, o sea, avanzaba y retrocedía, y así se alejo.
En un principio no le di más importancia a lo que estaba viendo pero, después me preocupo al seguir mirando la estela que había dejado. A la vez que se borraba dejaba escrito en el cielo una serie de números divididos en tres grupos. El primer grupo tenía muchos dígitos, no los llegue a contar quizás eran cuarenta, o más, en cambio los otros dos eran de sólo dos de dígitos y, el último grupo los números iban corriendo. Eso me pareció raro, hasta que me di cuenta que era un reloj como el que había estado mirando en el calendario que tengo encima de la mesa.
Entre para mirar como los segundos pasaban en aquel aparatito pequeño que estaba allí, encima de la mesa quieto. Volví asomarme a la ventana y lo que estaba escrito en el cielo, que por cierto ya se estaba difuminando, era lo mismo. Había una pequeña diferencia, mientras mi calendario sumaba segundos, minutos y horas, lo que dejo aquella cosa voladora, restaba.
Pasaban los días y no podía olvidar lo que vi. Le daba vuelta a la cabeza para encontrar el significado de la actitud de aquel avión. Seguramente será una campaña publicitaria, pensé para mis adentros.
Un día llegue a darme cuenta de que lo que vi no era un avión de cualquier fuerza armada de este mundo, sino que era extraterrestre, un platillo volante. Unos seres desconocidos para nosotros que nos anunciaban el tiempo de vida que le quedaba a la Tierra. Nos estaban enviando un mensaje en el que nos decían que debíamos poner solución a los desperfectos que le estamos haciendo al planeta.
Rápidamente fui a las autoridades ciudadanas. Al ayuntamiento, al gobierno autónomo, al de la nación, incluso a la UE. Nadie me hizo caso. Hoy escribo estas líneas desde un campo de concentración con barracones y vigilantes que llevan bata blanca. En la entrada del campo hay un letrero que dice CASA DE SALUD MENTAL.
En este sitio somos miles de personas, y todas paseando vamos descontando segundo a segundo el tiempo que le queda al planeta.
Fuera del campo, el resto de las gentes siguen con sus guerras, sus avaricias, muchos, demasiados, con sus ansias de poder
A nosotros los de la Casa de Salud Mental, nos llaman los locos. Me pregunto, ¿locos?, ¿quiénes?
El reloj del calendario de mi mesa de estudio sigue sumando segundos, y yo restando.